Martes 20 Octubre 2020
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  • Carta

LA INCINERADORA. O cómo el sistema sanitario quema a sus profesionales.

INTERROGANTE

Hace unas semanas en una reunión del hospital en el que trabajo escuché como el equipo de dirección hablaba de aprovechar la “oportunidad Covid”. Y cada vez que oigo cosas parecidas me enfado. Porque veo como nos dan otra vuelta en el asador. Y me surgen muchas reflexiones, tantas veces habladas con compañeros, pero que no siempre son fáciles de ordenar.

Se referían con la “oportunidad Covid” a ser capaces de mantener en activo muchas de las medidas que durante la crisis se habían puesto en marcha, especialmente las referidas a la telemedicina. Desde el punto de vista de los que gestionan el motivo es muy claro. No se trata de mejorar la atención prestada a los usuarios, aunque lo vendan así: ellos están pensando, como siempre, simplemente en una reducción de costes. Un médico al teléfono no necesita un/a auxiliar de clínica. Ni una habitación para la consulta que hay que limpiar al final de la jornada. De paso le habilitamos para acceder al sistema de citación y también nos ahorramos administrativos. Con suerte tres sueldos menos a medio plazo. A lo mejor incluso pueden programarle al médico de atención primaria 50 pacientes telefónicos (no es una exageración, se está haciendo). Y si hay demora será culpa del facultativo.

No discuto que algunas consultas son innecesarias. Que para recibir algunos resultados no es necesario desplazarse hasta un centro sanitario. Que algunas personas mayores pueden ser seguidas sin llevarlas en ambulancia al hospital para decirles que sus pruebas estaban bien. Pero la teleasistencia no debería tener un recorrido más allá de casos muy delimitados. De lo contrario estaremos destruyendo el cimiento primordial de la medicina que es la relación cercana y de confianza entre el médico y el paciente.

Pero es que esto de la oportunidad Covid, el nuevo intento de ahorro a costa de los de siempre, el personal sanitario y los pacientes, es sólo una gota más en un vaso lleno ya de recortes. Los que llevamos algunos años en esto (llevo 26 trabajando como médico) hemos visto como la evolución de la asistencia sanitaria ha dejado importantes cadáveres por el camino. Por poner otro ejemplo, la informatización de las consultas y las historias clínicas ha sido un gran avance, que indudablemente ha mejorado el registro de la información y su accesibilidad, así como la seguridad de los procesos. Pero un avance no exento de problemas. Que se ha hecho sin darnos más tiempo para cada vez más cometidos. Tareas que antes se hacían rápidamente suponen ahora muchísimo tiempo delante equipos informáticos obsoletos que funcionan con programas que se cuelgan. Tristemente pasamos más tiempo mirando a la pantalla del ordenador que al paciente que tenemos delante. El personal de enfermería de una planta de hospital debe dedicar gran parte de su jornada a dejar por escrito en la historia electrónica todo lo realizado; en nombre de la excelencia … a veces incluso en detrimento de la verdadera calidad de su atención al paciente.

Durante años políticos de todo cuño nos han vendido que disfrutábamos del mejor sistema sanitario del mundo. Ha quedado en evidencia que era falso. O mentira. Como casi todo lo que sale de la boca de los profesionales de la política. Teníamos una sanidad con buena apariencia, pero a base de maquillaje. Con la piel agrietada y pies de barro blando.

Probablemente nuestro sistema era uno de los más eficientes. Con lo que han gastado en sanidad y con lo que han pagado a sus profesionales han logrado unos resultados más que notables. Los sueldos de los médicos españoles son de los más bajos de la Unión Europea. Los de los médicos andaluces los más bajos de España. Las estadísticas españolas de médico por habitante o de camas hospitalarias por habitante son también de las más bajas de Europa. Si hablamos de la ratio de cama pública por habitante en Andalucía y más aún en Málaga la comparación entonces es para llorar.

Como ha quedado en evidencia durante la crisis sanitaria el sistema no tenía capacidad de stress. Ya funcionaba por encima de sus posibilidades. Era incapaz de reaccionar. La Atención Primaria estaba saturada y los hospitales llevaban años suspendiendo cirugías programadas los meses de gripe por falta de camas. Si ya no podíamos atender la normalidad ¿cómo pretendían que el sistema fuese capaz de reaccionar ante cualquier problema serio?

Los bomberos, el ejército, la policía son servicios públicos que para poder responder ante una emergencia están evidentemente algo sobredimensionados. La sanidad, en España, es un servicio público infradotado, incapaz de estirarse. Si la carga de trabajo aumenta son los profesionales los que deben dar lo mejor de sí. De lo contrario serán ellos los malos de la película.

Y el problema es que irremediablemente todo esto va quemando a los que vocacionalmente, hace muchos años, decidimos dedicarnos a esto de tratar de aliviar la enfermedad de los demás, que al final somos los que debemos dar el paso al frente para responder ante las crisis, para seguir sacando a delante el trabajo y, sobre todo, para atender lo mejor que podemos a los usuarios del sistema, que no tienen culpa de la mala gestión que durante años se ha hecho del dinero público. Y se nos agradece fundamentalmente con precariedad en el empleo y maltrato laboral. En mi comunidad se convocan oposiciones opacas de higos a brevas, sin saberse cuáles son las plazas a concurso, y con procesos que se eternizan durante años para la adjudicación de esas plazas. Es que además la cocción a fuego lento del profesional se inicia muy pronto.

Desde el primer año de residencia, cuando somos abandonados sin experiencia para lidiar con lo más difícil en un hospital: la urgencia; o cuando los residentes son utilizados como mano de obra barata, casi esclava, con jornadas interminables y a veces sin ni siquiera derecho a librar tras una guardia de 24 horas. Sin hablar de la absoluta inestabilidad de los puestos de trabajo después de la residencia de los que no tienen plaza, algunos hasta la jubilación... O de los contratos al 30% de tantos compañeros. O de los sistemas endogámicos y caciquiles que aún perduran y se perpetúan en tantos servicios de tantos hospitales. O la discriminación que aún pervive en muchos servicios a las mujeres, que tienen esa mala costumbre de, a veces, quedarse embarazadas. O de los castigos a los que intentan conciliar su vida familiar con reducciones de jornada hace tiempo reconocidas en los convenios.

La respuesta siempre es la misma. Los médicos ganan mucho. Y de hecho las facultades de medicina tienen a día de hoy las notas de corte más altas para lograr acceder a ellas. Es que el análisis es otro, muy claro: hay trabajo. La inmensa mayoría de los licenciados en medicina encuentra empleo. Y el salario es alto. Sí. Pero con truco. A costa de muchas, muchas horas de trabajo.

Más de la mitad del sueldo de un médico depende de los “turnos de atención continuada”: las “guardias”. 24 horas seguidas trabajando. La legislación europea prohíbe turnos de más de 12 horas… salvo para nosotros. Jornadas extenuantes que incluso pueden poner en riesgo a los profesionales o a los pacientes. Mis condiciones físicas, mi capacidad de reacción, mi destreza y mis reflejos no son los mismos cuando tengo que operar a un paciente a la una de la madrugada tras 17 horas en el hospital. Ni yo ni, sobre todo, el paciente nos lo merecemos.

Al final, tristemente, gran parte de los médicos en particular y de los sanitarios en general se desaniman, se queman. Vamos viendo pasar los años, a gerentes de uno y otro bando, sin que se den pasos para mejorar la situación. Todo queda en magníficas palabras, en puestas en valor de los sistemas, en mejoras continuas, en implementación de programas transversales adaptados a las necesidades, en potenciación de la colaboración entre niveles, en excelencia y acreditaciones. La jerga de los que diseñan nuestro el futuro llega a veces a provocar la náusea. Porque sabemos que todo es falso y lo van a hacer a nuestra costa, no por nosotros ni para los pacientes.

Hoy por hoy falta muchísimo camino por andar. El sistema sanitario funciona como una gran incineradora cuyo combustible son sus trabajadores. Y los va desanimando a fuego lento. La crisis reciente ha pedido mucho de nosotros. La mayoría lo ha dado, pero en el fondo también ha supuesto aumentar la intensidad del fuego. La incineradora ha funcionado a máxima potencia, sabiéndonos enviados al frente sin protección adecuada, llegando incluso a las amenazas de sanción a los que usasen mascarilla. Se nos ha negado el acceso a pruebas diagnósticas hasta casi el final… Y ahora, tras unos meses desperdiciados desde el punto de vista de la gestión, casi sin descanso, vuelven a pedirnos que lo demos todo. Ya no hay más aplausos. Las llamas siguen a pleno funcionamiento.

Para apagar el fuego haría falta el compromiso real de los que nos gestionan, dejando de lado el cortoplacismo electoralista, con planes de consenso diseñados a largo plazo, basados en criterios profesionales y científicos.

Hacen falta reformas legales que, por ejemplo, impidan a jefes de servicio del sistema público ser jefes también en centros privados con todas las irregularidades a que ello se presta; que impidan el nepotismo; que hagan más transparentes los sistemas de oposiciones. Hace falta entender que la medicina se ha feminizado, que alrededor del 70% los estudiantes de Medicina son mujeres, y que ellas no tienen la misma visión del mundo que esos médicos ya en edad de jubilación que trabajaban de ocho a tres en la pública y de cuatro a once en la privada, sin ver a sus hijos: el sistema tiene que garantizar de forma efectiva los derechos de las mujeres y la conciliación familiar. Hace falta incentivar a los profesionales con salarios justos. Hace falta tiempo (que al final es presupuesto) para Atención Primaria, que es la base siempre olvidada del sistema.

Hacen falta hospitales de crónicos y geriatras para una población cada vez más envejecida y dependiente. Hay que acabar con el actual modelo de guardias médicas para llegar a un sistema racional de turnos con descansos lógicos. Hace falta estabilidad en el empleo. Y programación racional de las plazas de formación especializada. Incentivos para la medicina rural. Tantas cosas …

Si sabemos que la sanidad, como la educación, es uno de los pilares del estado de bienestar hay que optar por ella. Pero por una vez de verdad. Si es que algún político conoce el significado de esa palabra.

José Manuel Verdugo Carballeda.

Cirujano del Hospital Costa del Sol de Marbella.

 

Hola soy médico. Trabajo desde hace dos décadas para la sanidad pública como Especialista en Cirugía General y del Aparato Digestivo.  No sé si publicará esta carta, pero por lo menos lo intento.

He revisado entre el asombro y el regocijo las noticias al respecto del bragado maquinista capaz de parar su tren para no poner en peligro potencial a sus ocupantes, al superar el tiempo que de forma continuada podía conducirlo. Digo bragado porque hay que tener valor para exponerse al calvario de investigaciones, expedientes, sanciones y demás presiones que la empresa le va a hacer soportar. Seguro había sido más fácil seguir hasta llegar a su destino, como seguro él mismo y muchos de sus compañeros, ha hecho otras veces, ya que, hasta que pasa, nunca pasa nada, por conducir dos o tres horas más.